viernes, 15 de diciembre de 2017

LA MAGIA DEL CINE




Un día vinieron los cómicos. Yo tendría cuatro o cinco años. Vinieron con un pequeño circo, qué se yo, dos leones famélicos, tristones y cuatro monos pizpiretos . Y aquellos payasos, calzados con zapatones, que se tiraban las tartas a la cabeza. Llegaron en un camión enorme, de catorce ruedas, que nosotros las contamos, una por una, varias veces, corriendo a su alrededor.
Yo llevaba sin dormir varios días, o durmiendo mal, quiero decir, preso de emociones y excitaciones sin cuento. Pero aquello del circo solo me dejó un poso de pena enjaulada, junto a los leones marchitos, y un deje de tristeza exhalada por los ojos brillantes de los payasos, maquillados de hambruna y desesperanza.
No sabía yo que la niñez, como la vida, era un desencanto permanente. Del que te recuperabas, entonces, eso sí, casi de inmediato. Con una nueva ilusión, con la que inaugurabas el mundo de nuevo, y la alegría, llena de luces, colgaba, otra vez, de los balcones de tus pupilas, tintineando como las campanillas de los caballos trotones. Porque a los pocos días vino la gente del cine.


Así que cuando, ya de noche cerrada, entramos en el salón del Ayuntamiento, el más grande del pueblo, y nos sentamos en aquellos bancos de madera, lo hicimos con el corazón expectante, mientras mirábamos fijamente a aquella pared blanca, sobre la que huían, atónitas, las arañas.
Entonces apagaron las bombillas y un chorro de luz inundó de color y de música aquella enorme pantalla de yeso blanco. A pesar de todo el tiempo transcurrido, de todas las ilusiones, de todos los desencantos, todavía me queda, adentro, aquella magia. No hay nada que me gustaría más que saber el nombre de aquella película, que no he vuelto a ver, por mucho que lo he intentado y ya no sé dónde buscar.
Había una pradera de un verde reluciente y extraño y una vaca con dos terneros tumbados en ella, durmiendo al sol. Entonces apareció una niña de cabellos dorados y vestido rojo, la niña más guapa del mundo. Tanto, que miré hacia atrás, al proyector, para buscarla entre las estrellas de polvo suspendido. Cuando regresé, enamorado, a la pantalla, un indio, en un veloz y gigante caballo, portaba en la grupa a la niña, que me miraba, pidiéndome ayuda, con el terror y la esperanza pintada en sus ojos azules.
Nunca la he olvidado. Y nunca la olvidaré. Después de todos los años que soñé con ella. Todavía, cuando veo una del Oeste, ya casi no las ponen, por un momento aparece el caballo veloz que me la trae de vuelta. Pero ya sé que solo es un instante y que nunca vuelve.
Sí, nunca he olvidado la magia del cine. Como la de la literatura. Dos árboles frondosos que echaron en mí sus primeras raíces entonces.


MEMORIAS DEL SAUCE CURVO: Échale un vistazo aquí: goo.gl/TuP55n:

lunes, 4 de diciembre de 2017

LA CARICIA DE SU VOZ





LA CARICIA DE UNA VOZ.
Lo tengo dicho muchas veces. Yo, y un montón de autores, nos pusimos a escribir para comunicarnos. Porque de viva voz no se nos daba bien. Aunque con el tiempo hayamos aprendido también a hacerlo. 
Por eso cuando alguien lee para el público lo que nosotros hemos escrito sentimos una alegría sin igual. Hemos logrado reunir nuestra realidad y nuestro sueño en una misma cosa.
Hoy me comunica, precisamente, mi agente literario que la editorial Audiomol, una de las grandes del sector, ha decidido publicar mi libro Los mejores 101 momentos de amor...y de desamor en formato de voz. Para acompañamiento y disfrute de personas ocupadas, o conductores con la radio puesta o, simplemente, para todos aquellos que disfrutan de la caricia de una voz que les lleva a su interior todo aquello que escribimos nosotros un día, para nuestro oído interno o para que otros leyeran en ese reguero de hormigas que es la escritura.
Aunque no es la primera vez, ya la ONCE puso a disposición de sus afiliados mi novela EL DÍA QUE FUIMOS DIOSES, sí que lo es que una editorial de renombre juzgue oportuno ofrecer a sus oyentes un libro sobre el amor, en general y en particular, y sus momentos especiales e íntimos.
Y para mí, un disfrute doble, sin duda, porque ahora no solo podré recordar leyendo lo que un día escribí, sino que además podré comprobar cómo suenan todas aquellas palabras que también un día escuché in mi interior.
Y debajo de todo ello, un deseo: que estas palabras que tan bien recita el lector sirvan para acercarnos a entender y a disfrutar, y sobre todo a recordar, a vivir, todo lo que en la vida de todos significa este sentimiento que está en la base de la vida humana.


domingo, 3 de diciembre de 2017

AQUEL MÁGICO RESPLANDOR




      Cuando llegamos a las estribaciones de El Espinazo el sol estaba ya en caída libre. Pero mi tío me había dicho que esta vez no era necesario que subiéramos a lo alto de  su cumbre que, como su nombre indicaba, era como la columna vertebral, como el espinazo  que recorría lo más alto de la planicie, de la espalda  de  aquella montaña achatada.
     Yo ya había estado alguna vez con mi tío Ezequiel en El Espinazo cogiendo setas, que eran allí finas y de gusto exquisito, oreadas por aquella fría brisa que siempre recorría la alta planicie. Caía una fina lluvia, pero también hacía sol aquel día de otoño en que fuimos a coger setas por última vez.
    Mi tío se ponía contra el sol, se llevaba una mano a la frente, a modo de visera y exclamaba, señalando con el índice.
    - Germán, mira cómo brillan…¡ Allí!
     Entonces yo trataba de seguir la punta de su dedo y veía a las setas cómo emitían aquellos destellos entre la llovizna.
    - Memorízalas, Germán. Que cuando te acerques perderás el sitio donde están.
    Y luego nos acercábamos los dos. Cada uno con su bolsa  en la mano. Y con su navaja.
    - Nunca te agaches sin tener siempre a la vista las que hay a tu alrededor. O las perderás – me instruía.
     Entonces cortábamos todas y cada una de las setas que había en aquel corro, sin dejarnos ninguna. Hasta que mi tío repetía la jugada y localizaba otro. La verdad es que yo me ponía las botas cogiendo setas con mi tío Ezequiel. Luego las repartíamos por la mitad como  buenos hermanos y yo se las llevaba a mi madre para que me las hiciera con patatas.
     - Tío, tenemos que volver a coger setas este otoño -  le dije recordando aquel día.
     Él levantó la vista y recorrió la dura pendiente de subida a la montaña.
     - Sí, aunque el otoño queda todavía lejos, ¡me cago en el dios colorado!
     Vi como apartaba de un manotazo una sombra de tristeza, o de preocupación, que se le había instalado por momentos en la mirada. Y retomaba aquella excitación creciente que le había renacido aquella tarde desde que mencioné las piedras preciosas.
     - Es allí – me dijo - entre ese enebro y aquella encina.
     Empezaban a caer las  primera sombras y nosotros caminábamos absortos y en silencio, mirando al suelo, que estaba lleno de cantos y de piedras, de tomillos y de aliagas. Íbamos como los viejos buscadores de oro del Oeste, con la mirada febril llena de trascendencia y de codicia.
     De repente, mi tío se agachó.
      Luego se levantó y se puso contra el sol, contra sus últimos rayos mortecinos. Exactamente como hacía cuando buscábamos las setas.
     Pero ahora tenía como un pequeño canto en la mano. Y lo levantó hacia la luz.
     - ¡Ven, Germán, antes de que se haga de noche!   
    


     Me acerqué  y mi tío me extendió el canto.  Lo cogí con mis manos temblorosas, que nunca habían apresado ningún tesoro.
    Era como una mezcla de cristal y piedra, que tenía tonos rosados y verdosos. Yo no sabía qué pensar, preso de emociones sin cuento. Aunque brillar, brillar, aquello no brillaba mucho, la verdad.
      Mi tío me levantó la mano con una de las suyas.
      - Ponlo contra el sol, porque ya no hay aquí mucha luz.
     Levanté el canto y  al principio fue inclusive peor. Me mostraba una cara del mismo, llena de la tierra que lo había impregnado cuando estaba en el suelo. Además por ese lado era un canto normal.
      Pero mi tío me volvió a coger mi mano y la giró levemente. Entonces se produjo el milagro.
     El sol pasó por una arista del cristal de roca y sacó un destello que casi me cegó. Fue un instante nada más. Luego moví el canto pero ya no volví a coger aquel ángulo mágico.
     Por eso aquel momento fue tan especial. Por su brevedad y su magia irrepetible.
     Yo estaba anonadado.
     - Ha sido maravilloso, tío.
     Mi tío se fijaba más en mis ojos que en el cuarzo.
     Debían brillar también como nunca lo habían hecho.
     Y el sol, después de su hazaña, asimismo desapareció tras la montaña.
     Nos quedamos un momento en silencio dejando que las sombras nos cercaran todavía más.
      Hasta que mi tío se volvió a poner el escabuche al hombro.
      - Se nos ha hecho de noche. ¡Me cago en el dios colorado! ¡Ya verás tu madre, que ya me tiene enfilado!
      - No se preocupe por mi madre, tío. A mí me quiere mucho.
     - Sí, pero yo no soy su hijo, sino un tío de su marido. Si a algo hay que temer en este mundo, Germán,Y si ejercen de madres, ni te cuento.n tmo en el dios colorado! Ya vercwercaran rtodava verdad.odicia.
 es a las mujeres. Y si ejercen de madres, ni te cuento – remató antes de comenzar a andar hacia Sacecorbo a toda prisa.
     Sí, caminábamos a toda prisa para alcanzar la carretera. Como si con ella nos encontráramos ya a salvo.
    Mi tío ya no tenía tiempo ni para sus improperios. De repente, andaba, casi corría, a trompicones y a resultas de su pierna mala, como si hubiera sido pillado en falta en territorio furtivo y lejano y no pudiera descansar hasta que hubiera llegado dentro de las lindes de lo convencional, de lo cercano y doméstico que, en aquel momento, parecía estar delimitado por la carretera. La cual era como una línea trazada por un delineante con el pulso calmo, antes de entrar en las curvas y revueltas de la Moratilla.
     Yo iba tras él, observando su forma desgarbada de caminar, sus desbalanceos por la rigidez de su pierna mala, que le hacían bascular como el palo mayor de un barco en la tormenta.  
     En una vuelta del camino había un desnivel producido por el agua y el paso de las caballerías, que pisaban siempre en el mismo sitio con sus herraduras.  Yo vi como mi tío levantó la cabeza un momento antes de llegar allí, para ver cuánto nos faltaba para la raya de la carretera.  Entonces, cuando reparó en el desnivel, ya había entrado en él a contrapié. Dio como un pequeño traspiés y luego cayó como un fardo contra el suelo.
     Yo, que iba unos cuantos pasos detrás suyo, corrí hacia él. Se había quedado al final boca arriba en una estrafalaria postura con el escabuche al hombro.
     El hombre intentó rebullir, pero estaba como encastrado en el desnivel y, por un momento, me pareció como un escarabajo que no pudiera darse la vuelta y ponerse en pie.
     - Tío, déjeme que le ayude. Deme su mano.
    Mi tío  reaccionó por fin, suprimiendo estaciones e improperios intermedios.
    - ¡Me cago en todas las sotas, si es que no arreglan los caminos! ¡Yo solo me doy la vuelta en la cama! ¡Aguanta un poco Germán, que me levanto!
    Yo me echaba para atrás todo lo que podía, mientras mi tío tiraba de mi mano al apoyarse. Pero solo era una cuestión de confianza, no de fuerza. En cuanto mi tío notó que podía hacerlo se levantó sin problemas.
    Luego se sacudió el polvo del pantalón.
    - Germán, no digas a nadie que me he caído. Esto queda entre nosotros, ¿estamos?
   Yo, de repente, mientras él se echaba de nuevo el escabuche al hombro, sentí un cariño enorme por mi tío Ezequiel. Más que el que le tenía ya, que era mucho. Yo creo que muchísimo.
     - ¡Pierda cuidado, tío! Yo también me caigo  y nunca lo cuento en casa.

     Llegamos a la carretera. Era ya noche cerrada. Al fondo se veían las luces del pueblo lejanas y cercanas a un tiempo. Pero el camino había mejorado mucho, ahora tenía un suelo de tierra dura sobre el que era fácil y rápido caminar. Y mucho más descansado y seguro.
      En cuanto salimos al desvío del Sotillo, la vi. A mi madre, quiero decir. Estaba en el camino, ya pasada la ermita. La vi con la luz de la luna, porque allí no había bombilla alguna. Aunque yo creo que a mi madre yo la habría visto y reconocido en la más absoluta oscuridad.
      En cuanto ella nos vio corrió a nuestro encuentro. Yo me adelanté corriendo también o, tal vez, era que mi tío Ezequiel redujo su marcha al verla.
     Mi madre me abrazó.
     - Germán, Germán. ¡Estaba tan preocupada!
     Y me cubrió de besos.
     Mi tío Ezequiel había llegado ya a nuestra altura.
     - Se me ha pasado el tiempo sin darme cuenta. Ha sido solo culpa mía – le dijo a mi madre.
      Pero mi madre estaba muy nerviosa todavía.
      - ¡Usted no le llene la cabeza de pájaros a mi niño! ¡Que luego, a ver cómo acaba!
      Mi tío acusó el golpe.
      Podía haber bajado la cuesta de San Roque con nosotros. Pero tomó el desvío que llevaba a la calle Mayor y a la plaza.
     Y a su casa, que estaba un poco más allá.
     No le contestó a mi madre. Solo se despidió de mí.
     - Adiós, Germán.
    - Adiós, tío Ezequiel. ¡Lo he pasado bomba!
     Lo vi un momento caminar cuesta abajo con el escabuche al hombro. Por un momento me pareció que su estampa era más desgarbada. O, quizá, más triste. Quizá llena de la  soledad de la noche.
    Mi madre me preguntó.
     - ¿ Y qué habéis hecho tunantes?
    Y yo, cuando estaba con mi madre, me olvidaba de todo lo demás.

     Ya en casa, mi madre se tranquilizó un poco más. Pero seguía tomándola con el tío Ezequiel.
     - ¡Si es que no tiene cabeza! ¡Llevar a un niño tan pequeño a abrir tumbas de noche!
     Mi padre callaba hasta que se pasase el temporal.
    Pero yo me rebelaba. No estaba de acuerdo con mi madre por primera vez.
    - ¡No era de noche, que lo sepas! Ha sido mi culpa, que le he pedido que me enseñara las piedras preciosas del Espinazo. Y, luego, cuando se ha hecho de noche, el tío Ezequiel se ha apresurado a traerme. ¡Tanto que se ha caído en el camino! ¡Podía haberse descalabrado! – rematé.
     Mi madre se quedó callada un momento.
    - ¿Qué es eso de las piedras preciosas del Espinazo?
    Mi padre por fin se decidió a intervenir.
    - Es cristal de roca.  Son muy bonitas. Y hay que saberlas buscar.
    Mi madre permaneció callada unos instantes más.
    - Germán, ¿se ha hecho daño el tío? – dijo por fin.
    La cosa parecía que se reconducía.
    - Un poco, mamá. Aunque me ha dicho que no se lo contara a nadie. Estoy incumpliendo nuestro secreto. Espero que no se lo digáis jamás.
    Mi madre salió de la cocina en dirección a la despensa.
    Volvió al poco con unos huevos metidos en una bolsa.
    - Germán, vas a ir ahora mismo a ver al tío. Le das esto y le dices de mi parte que gracias por cuidarte tan bien. ¡Pero no te entretengas, que es muy tarde!


    Salí tremendamente contento de mi casa. Hacía una noche muy agradable . O eso me lo parecía a mí.  Y las luces de las calles alumbraban más que otros días.  Yo no tenía ningún miedo.
     Llegué a casa de mi tío Ezequiel.  Era una casa pequeña y modesta. De una sola planta.
     Tenía un pequeño corral, con un pozo en su centro. Y, dentro, solo tres piezas: la botica, la cocina, eso sí, grande, y su dormitorio.
     Entré hasta la cocina.
     Allí estaba mi tío. Se había quitado la venda de la pierna enferma y se disponía a ponerse una nueva que había recortado de una sábana vieja con sus grandes tijeras.
     - Hola tío. Si quiere puedo curarle la pierna -  le dije a modo de saludo.
     - ¿Tu madre sabe que estás aquí? – me contestó.
     Le respondí tan contento como pude.
    - Sí. Me ha dado esto para usted – y le extendí la bolsa con los huevos – Me ha dicho que muchas gracias por cuidarme tan bien. Que se  lo dijera.
     Mi tío extendió la mano. Pero antes de coger la bolsa me dijo.
     - No le habrás dicho que me he caído, ¿verdad?
     Sentí un pequeño nudo en el estómago.  Pero me repuse con naturalidad.
     - ¡Tío, es nuestro secreto! – y luego añadí a continuación - ¿Dónde tiene los polvos de talco?
      Mi tío cogió la bolsa.
      - Ahí, en ese armarito.
      Cuando terminé él se puso la nueva venda.
      - Germán, con las prisas, no te he dado tu piedra.
     Y fue a buscarla a la botica.
     Yo me puse más contento todavía.
     - Tío, tenemos que volver a la tumba.
     - Sí, Germán. Pero deja pasar un tiempo. Antes tengo que analizar el hueso, ¿recuerdas?
     - ¡Sí! Analícelo. Y luego nos vamos a pasar otra tarde como la de hoy.
      Mi tío iba a decir algo, pero se calló. Y luego se dio la vuelta, despidiéndose precipitadamente con la mano, diciendo adiós.
     - ¡Anda, vete a tu casa, que es tarde!
     Y yo salí mirando mi piedra  y poniéndola a la luz de las bombillas de las calles mudas.

      Aquella noche dormí con mi piedra en la mano, después de chinchar con ella a mi hermana Tere todo lo que pude. Había sido un día redondo.
     Aunque poco antes de dormirme o, quién sabe si justo después de hacerlo, algo me recordó que era la primera vez que había contado tan flagrantemente un secreto que acababa de jurar que nunca revelaría.  Que había mentido a sabiendas de forma tan clara.  Lo hice por cariño, por amor. Y había salido bien.
     Sí, había sido la primera vez. Con motivo de la caída de mi tío. Y no sería la última. Esos conceptos absolutos de verdad y de  mentira no tenían cabida en el mundo de los sentimientos,  en el que yo me estaba adentrando poco a poco.
      Como tampoco los conceptos de realidad y de ficción lo tenían en el mundo de la literatura que, también, durante aquella tarde yo había empezado a intuir entre los reflejos de aquel chispazo mágico en las estribaciones de El Espinazo, mirando mi piedra.

      Unos años más tarde murió el tío Ezequiel. Yo estaba ya estudiando en el internado de los Sagrados Corazones de Huesca, donde estaba de profesor un tío cura de mi padre. Hoy recuerdo que era un frío día de diciembre. Murió de noche, solo en su casa.
     Tampoco pudo ver el cambio democrático en España por el que suspiraba desde después de la guerra. Todavía tardaría algunos años en llegar.
     Sé que preguntó por mí unos días antes. Mis padres habían ido a verlo desde Madrid.
     - ¿Y el estudiante?
   
     Hoy escribo desde mi despacho, como siempre. Y pienso en lo poco que dejó cuando fueron a vender la casa: unos frascos con potingues, algunos libros y algunos bocetos de proyectos extraños.
     Pero yo tengo aquí, sobre mi mesa, aquella piedra. No me ha abandonado nunca. Ni me abandonará. Ni yo a ella.
    Y tengo todo lo demás que me dejó.  Estas páginas son solo una pequeña forma de pagarlo.
    Porque a medida que cumplo años a  la ficción y a la realidad  las separa solo una delgada frontera cada vez más confusa. Y cada vez le entiendo mejor. Al tío Ezequiel.

  -  ¡Me cago en el dios colorado!



DE LA NOVELA "MEMORIAS DEL SAUCE CURVO"